Arquitectura, estética y arte. La Universidad cisneriana de Alcalá de Henares

Etiquetas

, , , , , , ,

Por Santiago Fernández Nistal

Pienso que la arquitectura no es solo estética, sino arte. Por lo menos en sus grandes manifestaciones. Con ello quiero decir que la arquitectura no debe ser contemplada simplemente como un conjunto de formas bellas que nos atraen emocionalmente, sino simultáneamente como una expresión simbólica de intencionalidad comunicativa. 

¡Cuántas veces me he parado en los miradores de Pajares tanto en días bruma y orvallo como en días soleados! Pero, ¿podemos considerar bello un paisaje natural? Tal vez. Esta es al menos la opinión mayoritaria. ¿Es, sin embargo, posible tomar un objeto natural por bello –tal y como comúnmente se entiende la belleza- sin que ello comporte alguna forma de comunicación, es decir, alguna forma de arte? Lo que en ese objeto pueda haber de arte es lo que como espectador estoy añadiéndole yo. Lo estoy recreando como el artista cuando pinta un paisaje. Le estoy suponiendo una intención comunicativa de la que carece. Porque nosotros siempre vemos algo de nosotros mismos -al menos a mí me pasa- en los paisajes por los que nos sentimos atraídos. Como le sucedía a Van Gogh. Por ello sus paisajes poderosos, violentos, agresivos, en los que la figura humana queda anonadada. Sin embargo, lo más sutil de calificar es la naturaleza de objetos bellos creados por el hombre con un simple fin decorativo como, por ejemplo, la mayor parte de los jardines públicos. Es difícil no reconocer, al menos, la intencionalidad de producir placer estético por parte de su creador. Lo mismo le pasa al arte abstracto. Es este un segmento que cabe dentro de lo que se denomina artes decorativas, que son un intermedio entre la simple estética y el arte, pero que nada tienen que ver con jardines como los de Versalles o los de la Granja de San Ildefonso, creados con la intencionalidad de sumergir a la corte real en el idílico mundo de una Arcadia feliz.

Y ahora vengamos al mundo del arte en sentido pleno. La arquitectura, por ejemplo, cuando se eleva a la condición de arte, no muestra su objeto simplemente como bello, sino cargado con una intencionalidad comunicativa. Valga como ejemplo la fachada de la Universidad cisneriana de Alcalá de Henares (o Colegio Mayor de San Ildefonso). Es un ejemplo de estética que nos cautiva. Una de las más bellas construcciones del Renacimiento. ¿Pero es solo esto? ¿Pura belleza? Cuando los turistas se pasean por delante de la fachada, unos admiran los detalles que un erudito guía les va señalando, mientras que otros prefieren dejarse atraer por la armonía del conjunto haciendo oídos sordos ante tanta verborrea. Bien está el saber enciclopédico para leer los detalles de la fachada. Bien está sentirse atraído por su armonía. Pero si no sabemos leer el conjunto nos perderemos su dimensión artística, lo que el autor quiso plasmar en piedra.

Mi método de interpretación de la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares podría aplicarse a cualquier creación artística: una novela, una película, una ópera o un poema lírico. Seré breve y me centraré en la calle central de su fachada -construida bajo el reinado de Carlos V bajo la dirección de Rodrigo Gil de Hontañón-, que es el hilo conductor de toda la armonía del conjunto.

En lo más alto de la calle observamos a Dios creador, de quien proceden todas las cosas y de quien derivan todos los poderes. Como creador sostiene el mundo en su mano izquierda y bendice y otorga con su mano derecha los bienes a sus subordinados. La armonía de toda la fachada es un reflejo del orden y la belleza de la creación divina. Bajo Él, la calle central muestra una de sus creaciones más bellas y armónicas: la jerarquía divina del poder.

Inmediatamente bajo Dios creador, en la segunda planta, los escudos de armas de Carlos V como rey y como emperador. Esta posición en la pirámide del poder nos indica que el emperador es el jefe supremo en la tierra. Y el enorme tamaño escultórico de este paño es un símbolo del tamaño del poder del emperador.

En la primera planta, bajo el emperador y en un discreto medallón sobre el balcón de la biblioteca, el obispo patrón de Toledo (de donde dependía Alcalá), San Ildefonso, como patrón del Colegio Mayor, muestra el báculo de su autoridad en una mano y el libro del saber en la otra. Este, muy valorado en el Renacimiento como hoy lo puede ser la tecnología, seguía mayoritariamente en manos del clero. A ambos lados del obispo, dos escudos del cardenal Cisneros. El dintel de este balcón se apoya sobre dos columnas que lo flanquean y el conjunto está custodiado por dos alabarderos imperiales. Esta posición de la Iglesia bajo el escudo de Carlos V, la protección de sus alabarderos y el diminuto tamaño del medallón de San Ildefonso y de los escudos del cardenal nos hablan del sometimiento del clero y del saber al emperador y de la poca cosa que en términos de poder se le otorga a la Iglesia. Nada en comparación con el enorme tamaño de los escudos del piso superior.

Y en la base de todos ellos, a ras de suelo, la puerta del pueblo, de estudiantes y profesores, que al pasar se humillan bajo el clero, el emperador y Dios y los reconocen investidos de un poder y una sabiduría cuya fuente es Dios mismo.

Esta fachada es una obra de arte en piedra que traduce a nuestros sentidos la ideología del poder de Carlos V como una creación divina. La armonía de formas de la fachada y el orden “maravilloso” de los poderes divinos y terrenales se conjugan con una única intencionalidad comunicativa. Ni que decir tiene que esta ideología era antitética de la ideología de la Iglesia de la época, pues esta se consideraba la primera en recibir el poder de Dios y afirmaba solemnemente que bajo ella estaban reyes y emperadores. La fachada del Colegio era pues a la vez una confesión de fe católica por parte del emperador, pero también una declaración muy agresiva contra las pretensiones teocráticas y medievales del papa y los obispos, y una declaración ideológica de Carlos V de su concepción cesaropapista del poder.

Tal vez esta breve explicación pueda servir de ejemplo para vuestras visitas de edificios históricos. Me sentiría generosamente pagado si os ha sido útil.

Anuncios

La denominación “Era Común”. Razones del cambio de datación histórica

Etiquetas

, ,

Por Santiago Fernández Nistal

Recientemente se está extendiendo cada vez más en el mundo académico el uso de la denominación Era Común para remplazar la datación histórica referida al nacimiento de Cristo. Las siglas utilizadas suelen ser las siguientes: en español, a. e. c. y e. c., según la RAE y Fundeu; en inglés, BCE y CE; en francés, AEC y EC. Las razones del cambio tienen un objetivo claramente laicista, pero los matices importan mucho para valorar su importancia como nueva categoría mental. Y para ello, lo primero que es necesario considerar es cómo y por qué se implantó la datación antes y después de Cristo.

Todo comenzó con el monje armenio Dionisio el Exiguo, residente en Roma como consejero papal en la época del emperador Justiniano. El cómputo de los años no tenía una norma general en el Imperio romano. El uso más antiguo y prestigioso era la datación ab urbe condita (desde la fundación de Roma), pero en la práctica cotidiana se solían usar otras muchas referencias. Las más utilizadas solían ser la referencia a un acontecimiento singular, al comienzo del mandato de algún magistrado ilustre, o al de algún emperador. En la época de Dionisio el Exiguo se solían computar los años ya fuera desde la fundación de Roma ya fuera con referencia al emperador Diocleciano, de odiada memoria para los cristianos.

Dionisio el Exiguo recibió en el año 1278 ab urbe condita (AUC) un encargo papal para calcular la fecha de la Pascua (festividad fijada, a partir del concilio de Nicea, en el primer domingo después del primer plenilunio de primavera) durante un largo período de años. Con motivo de tales cálculos, en el año 1285 AUC propuso la datación respecto del año de Cristo según la siguiente equivalencia:

a) año 753 AUC = año 1 a. C.

b) año 754 AUC = año 1 d. C.

Pero los cálculos de Dionisio el Exiguo incluyen un pequeño error en una cuestión que en sí misma es intrascendente, pero que es la excusa para justificar un cambio de mayor calado. Se trata de punto histórico en que el monje colocó el año 1 como el primero después de Cristo. Si aceptamos el testimonio del evangelio de Mateo, según el cual reinaba Herodes el Grande en Judea, Jesús tuvo que nacer antes del año 750 AUC, año de la muerte de Herodes. Es decir, que tuvo que nacer 4 o 6 años antes del año 1 d. C. Este error no invalida en absoluto los cálculos de Dionisio el Exiguo respecto a la fecha de la Pascua. Solamente invalida su nomenclatura y la correcta referencia de todas las dataciones posteriores. Sin embargo, con el cambio a Era Común el año de referencia puede conservarse en el año en que Dionisio el Exiguo creyó que había nacido Cristo, pero se le cambia el nombre. De modo que en la nueva nomenclatura Cristo nació hacia el año 5 a. e. c. y así podemos seguir manteniendo que Dionisio el Exiguo hizo su propuesta de calendario de Pascua en el año 532 y que Justiniano murió en el año 565 respecto al año 1 de lo que antes se llamaba impropiamente después de Cristo y que ahora se llama Era Común. En definitiva, el año 1 de la Era Común es un punto arbitrario de la historia tan válido como otro cualquiera. Un punto vacío de todo contenido y de todo sentido objetivo.

Los trabajos de Dionisio empezaron poco a poco a ser aprovechados para quitar la referencia a la fundación de Roma y a Diocleciano como puntos de referencia históricos. Fue un proceso lento, pero que terminó por ser dominante a partir de finales del siglo VII porque era una datación con mucha carga simbólica para el mundo cristiano, que expresaba así el triunfo de una nueva forma de vida y de un nuevo modo de considerar el sentido de la historia. Fue un signo de los nuevos tiempos y de la cristianización ya lograda tanto de la sociedad bizantina como de buena parte de la europea.

Pero una nomenclatura errónea no tendría por qué ser substituida sin más. La lengua está llena de denominaciones erróneas con las que convivimos sin trauma alguno. Pero sí es una buena excusa para una reacción ideológica similar a la que siguió a los cálculos de Dionisio, aunque en dirección contraria. La nueva denominación tiene una doble intencionalidad. Por un lado, al ser un punto vacío y sin sentido alguno en sí mismo si no es el que nosotros queramos asignarle, conlleva una visión laicista de la historia frente a la visión providencialista propia del cristianismo. Visión laicista que afirma la autonomía de la historia humana frente a otra que cree que una divinidad nos ha construido la historia. Y por otro, pretende ser una denominación para ganar en universalidad al evitar referencias confesionales.

¡Ay mi niña, que aún no están puestas las calles!

Etiquetas

, , ,

Por Santiago Fernández Nistal

Antes, mucho antes. Mucho antes de los romanos y de los hombres que pintaron la cueva de Altamira. Muchísimo antes. Cuando solo éramos en la tierra una tribu de hombres y mujeres. Una sola tribu de cuarenta o cincuenta indefensos hombres y mujeres con un puñado de niños. Tan antes que ni teníamos palabras para señalar a los hombres ni a las mujeres ni a los niños ni a mamá ni papá ni la cueva. No sabíamos lo que era hablar ni reír ni nada. No había palabras, o sea, que no podíamos ponerle nombre a las cosas. ¡Qué digo! ¡Las cosas aún no tenían nombre! Nadie sabía dónde empezaba el cielo y dónde el agua, qué era un árbol y qué era una piedra. Nada. El mundo estaba oscuro porque no podíamos pensarlo ¡Qué digo! Ni siquiera podíamos pensar que ahí afuera hubiera un mundo porque no teníamos la palabra mundo. O sea, que tampoco había mundo. Y si lo había -nadie lo sabe- el mundo era un caos, como un desván lleno de cachivaches donde es imposible estar y hacer nada. Incluso era imposible ver nada con los ojos de la imaginación. Era noche profunda.

Pero un día…

¡Ay ese día! Fue como si al subir tú y yo al desván de casa… ¿Te acuerdas, Celeste? ¿Ese día que viste un cordón de botas en el suelo asomando por el borde de un cachivache, porque llevabas un tiempo con el cordón derecho de tus botas de montaña roto? Siempre había estado ahí, pero nunca había existido. Solo existió el día en que, gracias a tu idea de búsqueda, tus ojos lo dibujaron en el suelo entre otros muchos cachivaches. El resto del desván siguió siendo “cachivaches”, es decir, algo informe que estaba ahí fuera pero, que no tenía forma en tu conciencia, es decir, que no existía para ti. Solo existió el cordón entre tanto cachivache porque antes lo habías tenido en tu imaginación para buscarlo.

Ahora vuelve a la noche profunda de cuando aún no teníamos palabras. Para poder verlas tuvimos que dar forma a los cachivaches como hiciste con el cordón o como haces cuando juegas con la plastilina. Esa forma salió de la imaginación de aquellos primeros hombres en forma de palabras. Porque la primera vez que creamos las palabras árboles o casas dos lucecitas se iluminaron en medio de la noche profunda con árboles y casas aquí y allá. El resto siguió siendo noche profunda. Otro día creamos cielo y mar y de repente el espacio se iluminó entero. Y vimos árboles y casas junto al mar y bajo el cielo. El resto se parecía todavía al viejo desván lleno de cachivaches, un caos.

Y poco a poco fuimos poniendo palabras bajo el cielo: pizza, mesas, lámparas, gato, libro… El mundo empezó a poblarse gracias a las palabras. Ahora parecía estar ordenado, parecía existir. Ahora ya no era de noche, ni era un desván de cachivaches. Ahora el mundo existía para nosotros tal y como lo habíamos creado nombrándolo con nuestras palabras.

¿Magia? No. Solo la fuerza creadora de las ideas pronunciadas, la fuerza de las palabras.

Vivir en un cuento de hadas

Etiquetas

, , ,

Por Santiago Fernández Nistal

Educamos a los niños para que vivan en un cuento: Papá Noel, los Reyes Magos, el ratoncito Pérez, el hombre del saco, la bruja mala, Camuñas… Y cuando somos mayores recuperamos el sentido de la realidad y enviamos toda esa bisutería al desván de los recuerdos. Pero no del todo. Hasta que tenemos a nuestro primer hijo y repetimos como autómatas ilusionados las historias de nuestra infancia: Papá Noel, ratoncito Pérez…

¿Simple querencia del hogar de antaño? ¿Será verdad que recuperamos el sentido de la realidad? ¿No será que estamos formateados como jarrones para contener el agua de los cuentos? ¿Y si todo no fuera sino un cambio de cromos? ¿Que al llegar a la juventud cambiamos los cromos de Caperucita por los cromos del galán que rescata a la doncella cautiva, a Papá Noel por Romeo y Julieta? ¿Y si fuera que al sentido común lo llamamos sentido de la realidad?

El Sentido Común es el título del cuento en el que vivimos los adultos de hoy: derechos humanos, democracia, justicia, no robarás, igualdad, Dios… ¿Y si resultara que no podemos vivir fuera de los cuentos? ¿Y si resultara que hace mucho frío fuera de los cuentos? Tanto frío que ni siquiera el sol se atreve a asomarse a la puerta. Solo dentro de la casa de los hombres, habitada por fantasmas de cuento que arden en la acogedora chimenea, podemos vernos y tocarnos y respetarnos y compartir y…

No es vano ni gratuito educar a los niños a vivir en un mundo de cuento. Es la única pedagogía del sentido común. El único hogar que tenemos a nuestra disposición. El único hogar caliente, en todo caso. El que nosotros mismos hemos construido con vulgar materia amasada en el fuego de los sueños. Porque, ¿qué es la realidad?, me pregunto escéptico cual nuevo Pilatos. No hay más realidad que los cuentos que nos contamos los unos a los nosotros… ¡Pero cuentos para creer todos juntos! Como los estados, las fiestas, el arte, la ética, la justicia, Mercedes, Luchino Visconti, La Madre de Dios, el Big Bang, la gravedad, los estadios de fútbol, los premios Óscar… La casa de los humanos es el cuento en el que vivimos los adultos. Es el único lugar caliente del mundo. Si tuvierais fe como un grano de mostaza… Al salir, cierren la puerta. Gracias.

De homo sapiens a homo roboticus

Etiquetas

, , ,

Por Santiago Fernández Nistal

La inteligencia artificial (AI) estaba ayer llamando a la puerta y hoy se nos ha colado en casa. En la época de los Picapiedra aprendíamos a jugar al ajedrez con un autómata. ¡Qué tiempos aquellos! Hoy podemos gestionar nuestra agenda, nuestras citas y nuestro teléfono con un  autómata. Y nuestro navegador nos ofrece propaganda de lo último que hemos estado chateando con un amigo. Algunos dispositivos ya son capaces de reconocernos por nuestra manera de hablar. Y ahí viene el coche autómata pegando fuerte. Casi todas estas maquinitas -perdón, señor Robot, no he querido ofender- son capaces de aprender todo esto solitas a partir del cómputo de bases de datos, e incluso de autocorregirse en caso de error. Tal es el resultado de miles y cientos de miles de teras de datos bien almacenados y mejor gestionados por adecuados algoritmos. Pero el proceso de avance de la AI está estancado a nivel cualitativo. Todo trabajo racional cuantificable puede ser ya hoy – sí, hoy, no mañana- suplantado por un autómata. Pero, ¿qué es ese algo que no se deja atrapar -todavía- en el algoritmo de un autómata inteligente?

Mejor sería dudar si aquello que no ha podido -todavía- ser atrapado en un algoritmo lo es por culpa de la impericia de los ingenieros de la AI o porque la cognición y comunicación humanas son un universo infinitamente más complejo -y por lo tanto desconocido- que el universo físico. Dicho de otro modo: ¿es una cuestión de conocimiento tecnológico o de ciencia básica? La historia de la AI nos enseña que su avance es paralelo al retraimiento de la frontera de lo que considerábamos trabajo específico de la inteligencia. El objetivo de la AI no es imitar el comportamiento del pensamiento humano, sino hacer algoritmos cuyo resultado práctico sea el asombro ante una máquina que hace lo que creíamos exclusivo de nuestra inteligencia. Con lo que “automáticamente” sacamos tal conducta del catálogo de lo específicamente humano. ¿No es una burla a nuestro orgullo seguir llamándola Inteligencia Artificial? ¿Y si todo nuestro orgullo de raza no estuviera basado sino en la ignorancia y sobrestima de lo que somos como seres que piensan? ¿No llegará un día en que el misterio del conocimiento humano esté tan mordido de todas partes por unas maquinitas -¡mmm!- que no seamos capaces de ver el residuo residual del residuo cognitivo humano? Ignorancia es la palabra clave a corto plazo. Ignorancia porque no tenemos una teoría cuantificable del conocimiento. ¿Por qué ha de ser escandaloso plantearse si es posible cuantificar el conocimiento? Difícil sí que es. Imposible, lo dudo. Dos ejemplos para ejemplificar el desafío que debería afrontar esta cuantificación: la teoría del lenguaje y el papel del riesgo en la comunicación humana.

Todo autómata que se precie debe ser capaz de entender un mensaje lingüístico, pero nuestra experiencia con los autómatas de la banca por internet nos ha decepcionado a todos los que tenemos que utilizarla. El más bobo de los humanos más bobos es un Einstein a su lado. ¿Por qué? Si Saussure hubiese impartido hoy su Curso de lingüística general es muy probable que hubiese corregido sustancialmente su teoría del sistema lingüístico, del signo y de la comunicación. ¿Cómo va a entender un autómata una frase que: a) tiene -solo es un ejemplo que peca de muy prudente- un 20% de significado implícito, b) un 10% de léxico y de sintaxis ambiguo o sencillamente ininteligible y c) un 3% de errores gráficos, morfológicos, sintácticos o léxicos? Y sin embargo no hay humano que no sea capaz de entender la referida frase llena de implícitos, ambigüedades y errores. Y si para colmo es un mensaje de Skype o de Whatsapp, el autómata se tiene que enfrentar a una sucesión de frases que de cerca parecen un diálogo de besugos escrito en un argot que es original de cada usuario. Y no hay adolescente que no sea capaz de recomponer automáticamente el caos de una conversación por Whatsapp. ¿Por qué? Porque todo signo lingüístico tal vez sea una codificación del pensamiento -acepto pulpo como animal de compañía-, pero no todo pensamiento se transmite por codificación. Es más, solo una mínima, mínima, mínima parte se transmite por codificación aquí y ahora. Es lo que enuncia la teoría de la máxima relevancia. El resto es cultura compartida, sentido común, saber enciclopédico, marco cognitivo, una ola de conocimiento que fluye en el mar de la comunicación y sobre la que se monta la insignificante cáscara de nuez que son nuestras frases. Si el interlocutor autómata no tiene en su mente ese mar de conocimientos no podrá nunca suplir los implícitos de la frase de su interlocutor.

Pero los problemas para cuantificar el conocimiento vienen sobre todo del modo en que se comporta nuestra imaginación, de los riesgos que somos capaces de aceptar en la comunicación y de la retroalimentación que los resultados del riesgo tienen en nuestra actitud cognitiva. La primera facultad que entra en acción cuando hablamos o leemos a alguien es la imaginación, no la razón. La razón trabaja como artillería pesada para descodificar el lenguaje, pero solo en la medida en que está codificado, que es tanto como decir que muy poco. La imaginación, en cambio, es capaz de arriesgarse en el vacío y presumir lo que el otro quiere decir. La imaginación nos funciona a los humanos porque presuponemos a los demás fabricados de la misma pasta intencional que nosotros mismos y porque presuponemos en ellos el mismo saber enciclopédico, sentido común, marco cognitivo… que nosotros tenemos -salvo que hablemos con un niño o una persona con déficit cognitivo-. Solo presumiendo cuál es la intencionalidad comunicativa del emisor somos capaces de dar sentido completo a sus frases. La realidad es que el otro no ha codificado su pensamiento, sino que ha dejado unas pocas pistas -no necesariamente codificadas- para que como receptores podamos comprobar si nuestra presunción es coherente con sus pistas. El nivel de éxito ya lo vemos. Lo llamamos comunicación humana. Cuando usted juega al ajedrez con un autómata este combina todas las posibilidades para optimizar su jugada. Ello es posible porque el universo de jugadas posibles es muy limitado. Pero imagínese a usted mismo hablando con su autómata sobre los planes del fin de semana. Podríamos meter en la cabeza del autómata -supongámoslo- todo nuestro saber enciclopédico fragmentado en pequeñitos bits. Cuando él me propone ir a visitar a la tía Martina yo me quedo un rato largo en silencio. Lo he descolocado. No tiene tiempo suficiente de combinar todos los bits de información almacenados para interpretar mi silencio -¡si es que es capaz de interpretarlo como un signo! Cosa que no he visto hacer a ningún autómata bancario- y optimizar la respuesta. La imaginación humana se arriesga a interpretarlo en décimas de segundo y reduce el coste energético a la milmillonésima parte de lo que sería el coste del autómata. Y además con resultados positivos, lo que retroalimenta nuestra actitud de riesgo. Y si nos equivocamos -cosa rara- intentamos arriesgarnos de nuevo cambiando de horizonte semántico.

Tareas como estas son un indicio de la magnitud del desafío. No es tecnología, sino ciencia básica. Pero lo cierto es que nadie ha emprendido jamás la tarea de descubrir cómo podemos definir la unidad mínima de sentido de nuestro saber enciclopédico. La semántica de Fillmore es un intento que apunta ligeramente en esta dirección, pero no es apta para ser reducida a ceros y unos. Y menos aún se ha investigado el proceso del riesgo asumido por la imaginación de manera que pueda ser reducido a cuantos informáticos. Es esta una investigación solo apta para perfiles a caballo entre las matemáticas de la computación y las ciencias del lenguaje. Y además es una investigación que no interesa al mundo empresarial, que vive de resultados rentables a corto plazo. Me temo que el homo roboticus tendrá aún que esperar demasiado a los Reyes Magos.

 

Milenarismo, Mayo del 68, Teología de la Liberación y 15 M

Etiquetas

, , , ,

Por Santiago Fernández Nistal

Crear morbo de los ajos que pican, prometer que los dólares brotarán de los árboles, apelar a los más bajos instintos… solo por obtener algún tipo de retorno, es la forma más miserable de engañar a demasiada gente. Sin embargo, hoy es la norma general en la política, en los medios de comunicación… y hasta en la religión. Pero, ¿alguna vez fue diferente? Los cuatro movimientos citados son un botón de muestra de esta sempiterna miseria humana. Los cuatro tienen la misma raíz ideológica y han surgido, desde los inicios de la era cristiana, de manera ocasional como ojos del Guadiana. El milenarismo, el más antiguo y el que marcó la senda, nunca ha podido ser erradicado más que en apariencia, a pesar de haber sido siempre sospechoso a los ojos del poder establecido.

El milenarismo surgió en las fuentes mismas del cristianismo más primitivo. Está descrito en las Bienaventuranzas del Evangelio de Lucas: Bienaventurados los pobres… Y los hambrientos… y los perseguidos… Pero ¡ay de vosotros los ricos! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos! El paraíso prometido lo vio en sueños el autor del Apocalipsis: las almas de los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano revivieron y reinaron con Cristo mil años… mientras la humareda del tormento en fuego y azufre de quienes adoraron a la Bestia se eleva hacia ellos por los siglos de los siglos. Pero la fiesta milenarista originaria solo duró hasta que llegó Nerón con sus megalomanías incendiarias. Y luego, Domiciano. Los propios jefes del movimiento milenarista, elegidos originalmente mediante el sufragio de los creyentes, se encargaron de poner el esparadrapo en la boca a todos estos podemitas del reino de los mil años. Como consecuencia de ello surgió la “casta” clerical. Se acabaron los nombramientos por sufragio general. No convenía estar a mal con el emperador de turno. Finalmente, la guerra judeorromana del año 70 los fulminó del mapa. En apariencia, al menos. Resurgirían a lo largo de la historia con nombres diferentes: cátaros, valdenses (los Pobres Católicos y los Franciscanos no fueron aprobados por el Papa sin antes tener que renunciar a los errores “valdenses”, muy difundidos por el sur de Francia e Italia), el movimiento de Joaquín de Fiore, monje calabrés, uno de los inspiradores de las cruzadas y de los movimientos radicales franciscanos, y en vísperas de la reforma de Lutero, los anabaptistas resucitaron el milenarismo. En nuestros días, también lo vemos emerger en la Teología de la Liberación y en las soflamas pauperistas del actual papa Francisco, el mismo que otrora sancionara a sus compañeros jesuitas, teólogos de la Liberación, mientras era provincial de la Compañía.

Mayo del 68 fue un hijo moderno y laico de la ideología milenarista. Era yo entonces un estudiante de filosofía en la Catho de París, en el 21 de la rue d’Assas. No me siento hoy muy orgulloso de mi participación en la movida insurreccional de mi facultad. A finales de junio llegaron las granizadas de las vacaciones y de la reelección por mayoría aplastante del general De Gaulle. Y París quedo limpio del polvo milenarista. Como vino, se fue. ¿Quedó algo de aquel sueño de primavera a manera de poso político o ideológico permanente? Nada de su sustancia, pero sí de los supuestos inconscientes que enmarcaron aquella revuelta. Nadie pensaba en aquellos días que los jóvenes universitarios que agitamos los cimientos de Francia y del mundo por unas semanas, dejaríamos en los anaqueles de la historia el voto de los jóvenes como algo ineludible políticamente. Nadie lo pensaba, pero fue lo único que quedó de aquella algarada milenarista. En el año 1972, el Consejo de Europa recomendaba a todos los estados miembros rebajar la mayoría de edad para el voto político a los 18 años. Todos los países europeos fueron poco a poco aceptándolo. España lo hizo en noviembre de 1978. Hoy, la inmensa mayoría de los países del mundo la han aprobado legalmente. Pero, ¿cuál era la “sustancia consciente” de Mayo del 68? El movimiento asambleario. No queríamos que nuestra sociedad estuviera dirigida por una élite -véaase, caste o clero- que marcaba nuestro destino en favor de sus intereses e ignoraba nuestros deseos. Más concretamente, nos oponíamos a tener un programa de estudios al servicio de una sociedad capitalista en la que terminaríamos trabajando porque así nos habían formado. Queríamos ser nosotros los protagonistas de nuestro programa de estudios, siempre al servicio de nuestros intereses. Veíamos toda la sociedad con asambleas de funcionarios, de trabajadores, de patronos… acordando piramidalmente qué tipo de sociedad deseábamos. Y en esto consistió lo nuclear de las movidas de Mayo del 68. Del resto, no puedo hablar. Y toda Francia se llenó de asambleas populares. Junto a mi facultad, dos asambleas enormes permanecían abiertas día y noche con turnos de palabra constantes: el teatro del Odeón y el anfiteatro de la Sorbona. Pero -repito- no me siento nada orgulloso de ello. Porque el resultado fue una “cagada”. Francia despertó de la pesadilla a finales de junio y todo volvió a su cauce de siempre: De Gaulle en el Elíseo, los estudiantes a sus exámenes, las gasolineras abiertas y los camiones de la basura limpiando las calles.

El 15M es la última versión del milenarismo, por lo menos en nuestro país. Sus herederos siguen blandiendo la bandera de las bienaventuranzas y de la “casta” política. Y ofrecen un paraíso de chocolate no muy diferente del reino de los mil años del Apocalipsis. El pasado 20 de octubre, la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena (de la órbita de Podemos), decía en una conferencia que “las consultas ciudadanas, no vinculantes, decidirán si la capital tiene un billete integrado para su transporte público (metro y autobús) y medidas para combatir la contaminación atmosférica. También está previsto que los ciudadanos decidan con qué proyecto arquitectónico reforma Madrid su emblemática Plaza de España”. El ideal milenarista de los podemitas españoles es convertir toda la política en una pirámide asamblearia. Y a los políticos, cambiarlos de líderes en cuidadores o delegados de clase. El mismísimo sueño que en Mayo del 68. Y acabar así con la democracia representativa, con la casta, con las élites, con el clero. ¿Por qué? Porque la democracia representativa está pensada para frenar los irracionalidades del voto asambleario. ¿Y por qué el voto asambleario es irracional? Primero, porque es emocional y no atiende a razones. Segundo, porque se suele votar con las luces cortas, con la vista puesta en hoy, aquí y en lo mío. Al vecino, que lo zurzan. Y tercero, porque en tiempos de tormenta, el voto asambleario es siempre extremista. El ideal de quienes quieren darle la vuelta a la tortilla para que todo siga igual o peor, pero yo encima. No nos alarmemos. La historia nos dice que los ojos del Guadiana solo emergen en lugares propicios. Luego, desaparecen en las profundidades infernales.

La muerte y la vida

Etiquetas

, , ,

Nace un bebé de una madre que llevaba cuatro meses en muerte cerebral

Por Santiago Fernández Nistal

Y ahora, ¿quien será el osado que se atreverá a redibujar en un cuaderno de laboratorio la nueva frontera entre la muerte y la vida?

¿Hemos aprendido la lección? Todas nuestras fronteras semánticas, no son más que eso, semánticas. Vivir y morir, árbol y piedra, humano y galaxia… simples fronteras construidas por el modo humano de conocer el medio en el que tenemos que subsistir.

Alguien aparecerá un día reconstruyendo la frontera hoy hecha añicos y colocándola cien kilómetros más allá. Nueva frontera semántica. Solo eso. ¿Qué es la realidad al margen de las fronteras con las que podamos acotarla? No hay respuesta, porque para ese margen no tenemos palabras, ni conceptos. Lo inefable. Nadie puede saber qué es. ¡Y hay quien se atreve a asegurar que posee la verdad! Solo tenemos la pequeña verdad de lo que nosotros mismos hemos construido. ¡Y tan pequeña! Un diminuto bebé la hace aún más pequeña.

Origen y función de la Semana Santa española

Etiquetas

, ,

Por Santiago Fernández Nistal

Mientras en todo el resto de Europa se refieren a este período como Pascua, solo en España lo denominamos Semana Santa. ¡Muy spanish, sí señor! ¿Cuestión nominalista? De eso nada. Cuestión semántica pura y dura.

La Semana Santa española no nació ni en Roma ni en los primeros siglos de cristianismo para rememorar la muerte de Jesucristo. Tampoco procede de los teatrillos medievales en los pórticos de las catedrales. Es un fenómeno mucho más cercano, que emerge a rebufo del sentimiento nacionalista creado por los Reyes Católicos en la segunda mitad del siglo XV.

Recordemos que Fernando e Isabel conquistaron los últimos reductos del poder árabe en España. Pero dicha conquista no consiguió la unidad por ellos soñada. Su España debía ser una como etnia, como religión y como lengua. España había sido multicultural durante muchos siglos, pero nunca había conseguido la unidad social, al contrario de lo que había sucedido siglos atrás con la colonización romana y luego con la invasion visigoda. Ahora, después de muchos siglos de convivencia, cristianos, judíos y musulmanes vivían cada uno en su gueto y se casaban entre sí. El proyecto de unidad nacional de Fernando e Isabel chocaba frontalmente con este tipo de sociedad. La consecuencia lógica fueron los decretos de expulsión de judíos y moriscos. Y siguió el trabajo minucioso de purga y limpieza encargado a la Inquisición. Ante cualquier delación era preciso demostrar que uno procedía de cristianos viejos, que era pura sangre cristiana, porque los falsos conversos empezaban a abundar.

En este ambiente religioso-nacionalista, los Reyes Católicos tuvieron la “feliz” idea de impulsar las manifestaciones públicas de piedad católica en Semana Santa. Era un modo de “desrratización” de todos los escondrijos de las ciudades. Cuanto más sospechoso era uno, tanto más debía participar en procesiones y penitencias públicas. E hicieron de la Semana Santa un multitudinario auto de fe para desenmascarar a falsos conversos. ¡Y a fe de Dios, vaya que si lo consiguieron! Fue cuestión de siglos, pero lo consiguieron.

El actual revival semanasantero ¿tendrá algo que ver con lo de cristianos viejos y españoles auténticos? ¿Tendrá algo que ver con el nacionalismo de toros, fútbol y fiestas? ¿Dónde dan el carnet de español viejo? ¿Habrá que vestirse de cofrade y nazareno? Viernes Santo. Están sonando trompetas y tambores de muerte. Es el llanto por España.

Cómo se aúpa una ideología al poder

Etiquetas

, ,

Por Santiago Fernández Nistal

La filosofía marxista y sus acólitos solían pensar -y muchos aún siguen erre que erre- que las religiones, digamos más bien las ideologías, las imponía la clase en el poder para esclavizar y explotar a sus súbditos. La historia muestra que más bien es todo lo contrario. Aquellos que son capaces de extender como la pólvora una fantasía son los que acaban conquistando el poder. Y la consecuencia final del proceso es que aparece una nueva clase social dominante. Una vez en el poder pueden fácilmente controlar los medios de producción y de opinión y, según el grado de democracia, esclavizar y explotar a sus súbditos. La ideología no es un subproducto de la clase social dominante, sino que la clase social dominante es el resultado del triunfo de quienes tuvieron el olfato de futuro suficinte para crear y difundir una nueva ideología. Es la guerra del sentido. Ejemplos arquetípicos de ayer, la ideología cristiana y la luterana. Ejemplos arquetípicos de hoy, el PSOE de la transición y PODEMOS en 2015. Que no es la lucha de clases, no, la que da y quita reinos, sino la flauta de Hamelín, la flauta mágica que se lleva tras de sí a las ratas.

¿Qué es un mito?

Etiquetas

, , , ,

Por Santiago Fernández Nistal

Un mito es una película que los humanos nos hemos inventado, pero… No, no es una película cualquiera. Hay películas que ni fu ni fa. Y hay películas que nos conmueven las entrañas. Hay películas de puro entretenimiento. Y hay películas que son como un espejo de nosotros mismos. En cualquier caso, todas las películas tienen el final ya escrito. Todas las escenas tienen un sentido, sabemos adónde van a parar. Esto del sentido es algo que nos toca muy adentro a los humanos. No existe ni un solo humano capaz de decir ni mu de algo si no le ve un sentido. Porque los humanos somos seres de pensamiento simbólico. Es decir, necesitamos imaginarnos toda la película de la realidad para poder articular la primera palabra sobre ella.

¿Y dónde está el mito? En que hay películas que nos gustan tánto que nos quedamos a vivir dentro de ellas. Ni más ni menos. Y cuando una sociedad acepta una película para vivir colectivamente dentro de ella, el espejismo de estar viviendo en una realidad-realidad es inevitable. Se niega la película, se niega la ideología, se entroniza la película como el sentido común y se condena a la hoguera al disidente

Es inevitable. No hay modo de escapar de vivir dentro de una película. Es condición humana. ¿La diferencia? Aceptar o no que estamos dentro de una película. Y hoy, cuando tantas películas contamos, es muy fácil darse cuenta que solo somos personajes de una comedia… o de una tragedia. Personajes con el final previamente escrito. ¿Escrito por quien? ¿Por Moisés, por Buda, por Pablo de Tarso, por Lutero, por la ONU o por ti? Así es si así te place.

Juan Pablo II: el que desea a su mujer, peca

Etiquetas

, ,

Por Santiago Fernández Nistal

Dios y el sexo siempre se han llevado mal -o peor-. Ni siquiera en la alcoba matrimonial. Ahí tal vez peor que en parte alguna. Desde el principio de su historia, los cristianos lo han aborrecido. ¿Quién no recuerda aquello de hacerse eunucos por el reino de los cielos, de Mateo? ¿O la orden divina de ejecutar a los homosexuales, del Levítico? ¿O la sentencia de que hay que ser como ángeles y no casarse para ser dignos de la resurrección, de Lucas? ¿Y cuál fue el fundamento ideológico que explicó el fenómeno explosivo del monacato tanto en Oriente como en Occidente?

La hipocresía hizo que, andando el tiempo, se viera en el celibato una mina de oro para asentar el poderío de Roma frente a los reyes europeos, frente al Imperio Bizantino y frente al episcopado oriental. La Reforma Gregoriana fue su artífice, y por esta vía Roma logró reconquistar el señorío territorial en toda Europa, perdido por las investiduras regias y los señoríos feudales. Mientras esta mina de oro no paraba de agrandar el patrimonio “imperial” de Roma con catedrales, universidades, palacios, monasterios, joyas y obras de arte, los concilios anatematizaban y lanzaban a la hoguera del Infierno a los herejes que se atrevían a discutir la excelsa preeminanecia del estado de castidad.

¿Alguna duda todavía? ¿Que son cosas del pasado? ¿Que hoy la Iglesia ha cambiado? Si te encuentras con tu vecina en el ascensor y la deseas, deseas, pecado. Si ves a tu mujer subir las escaleras y la deseas, deseas, pecado. Si te ves desnudo y te deseas, deseas, pecado. ¡Ay de vosotros, generación de incrédulos! El que tenga ojos para leer que lea:

El análisis, que hasta ahora hemos hecho del enunciado de Mt 5, 27-28 «Habéis oído que fue dicho: no adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón», indica la necesidad de ampliar y, sobre todo, de profundizar la interpretación presentada anteriormente, respecto al sentido ético que contiene este enunciado. Nos detenemos en la situación descrita por el Maestro, situación en la que aquel que «comete adulterio en el corazón», mediante un acto interior de concupiscencia (expresado por la mirada), es el hombre. Resulta significativo que Cristo, al hablar del objeto de este acto, no subraya que es «la mujer del otro», o la mujer que no es la propia esposa, sino que dice genéricamente: la mujer. El adulterio cometido «en el corazón no se circunscribe a los límites de la relación interpersonal, que permiten individuar el adulterio cometido «en el cuerpo». No son estos límites los que deciden exclusiva y esencialmente el adulterio cometido «en el corazón», sino la naturaleza misma de la concupiscencia, expresada en este caso a través de la mirada, esto es, por el hecho de que el hombre -del que, a modo de ejemplo, habla Cristo- «mira para desear». El adulterio «en el corazón» se comete no solo porque el hombre «mira» de ese modo a la mujer que no es su esposa, sino precisamente porque mira así a una mujer. Incluso si mirase de este modo a la mujer que es su esposa, cometería el mismo adulterio «en el corazón». Esta interpretación parece considerar, de modo más amplio, lo que en el conjunto de los presentes análisis se ha dicho sobre la concupiscencia, y en primer lugar sobre la concupiscencia de la carne, como elemento permanente del estado pecaminoso del hombre (status naturae lapsae).

Juan Pablo II. Las palabras del Sermón de la Montaña
sobre el adulterio y la concupiscencia de la mirada.
Audiencia General del 8 de octubre de 1980

Vista tanta estupidez, vista tanta ñoñería, vista tanta hipocresía… ¿qué tiene de extraño que la liberación sexual haya enarbolado la ideología de género como mito rompedor de los corsés que durante siglos han constreñido y siguen constriñendo el sexo? ¿Qué tienen en los ojos los que ven el deseo sexual como pecado? ¿Y qué tienen en sus entrañas los que solo ven en el sexo una letrina de inmundicia? Ya es hora de que se laven los ojos y de que pidan perdón de sus verdaderos pecados durante dos mil años. ¿Decías sexo? Nada menos que el sexo.

Unión europea: R.I.P.

Etiquetas

, ,

por Santiago Fernández Nistal

Habíamos vivido un dulce sueño. Se llamaba Europa. Un territorio común desde Finlandia hasta España. Desde Irlanda hasta Grecia. Un territorio en el que circular y establecerse y vivir y trabajar y tener hijos y envejecer y morir era libre. La casa soñada. Aún a medio hacer. Pero soñada. Era un sueño para que lo terminaran nuestros nietos. Un sueño en el que habíamos creído.

Nuestra Europa. Ayer los macarras la violaron y los matarifes le pusieron la puntilla. En silencio. Con nocturnidad. Sin encomendarse ni a Dios ni la Diablo. Y firmaron. Firmaron el derecho de Reino Unido a negar derechos sociales a inmigrantes europeos hasta que tuvieran cuatro años de residencia. Es decir, cerraron la frontera con Europa.

Pero no es esto solo lo que realmente firmaron los líderes europeos. Todos firmaron aun sabiendo que tendrán un problema muy grande para explicar a sus opiniones públicas el recorte de un derecho que era el símbolo presente por excelencia de los manjares futuros de la Unión. Todos han firmado, a pesar de tal problema, porque piensan utilizar el mismo privilegio dentro de cuatro días. Alemania, Francia, Austria, Dinamarca, Holanda… reclamarán lo mismo mañana. Y los países pobres, España, Portugal, Grecia, Italia, Irlanda, Polonia y los países del Este nos quedaremos con la boca abierta viendo cómo nos han robado la inocencia y la juventud sin darnos cuenta.

P.D. La fe mueve montañas. Si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a este monte “muévete de aquí” y se movería. Británicos de poca fe, ¿por qué no habéis creído? Vuestra incredulidad arrastrará a muchos hacia el fracaso. Y todos moriremos por falta de fe. ¿Pues qué es fe sino creer lo que no existe? ¡Europa! ¡Mi soñada Europa! Tuvimos un sueño corto. Y en plena adolescencia fuimos violados por unos hijos de puta. Descansemos en paz.

Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory (LIGO)

Etiquetas

, , , , ,

Acabo de recibir de mi mejor amigo esta carta del presidente del MIT en la que comunica a los antiguos alumnos la importancia del descubrimiento de las ondas gravitacionales. Entresaco unas líneas sobre las que va hoy mi comentario:

Dear MIT graduate,

At about 10:30 this morning in Washington, D.C., MIT, Caltech and the National Science Foundation (NSF) will make a historic announcement in physics: the first direct detection of gravitational waves, a disturbance of space-time that Albert Einstein predicted a century ago.

Today’s news encompasses at least two compelling stories.

The second story is of human achievement. It begins with Einstein: an expansive human consciousness that could form a concept so far beyond the experimental capabilities of his day that inventing the tools to prove its validity took a hundred years. That story extends to the scientific creativity and perseverance of Rai Weiss and his collaborators.

L. Rafael Reif. Presidente del MIT. 11 de febrero de 2016

Y esta fue la respuesta a mi amigo.

Querido Miguel:

Me hubiera gustado un poco más de subrayado del poder creador de la mente humana. Como sé que eres muy pijo con las palabras, defino. “Poder creador” = que la imaginación puede intuir lo que aún no “es”. Defino “es” = lo que la mente piensa y experimenta como “real”. Defino “real” = creaciones de la imaginación que sirven para interpretar el mundo exterior, sea este lo que sea (habrás observado la recurisvidad lógica). Por supuesto, decir “real” no equivale a decir que sea así en ausencia de una mente pensante. Lo que sea el mundo exterior a la mente, al margen de cómo lo pensemos, es un misterio sellado con un millón de llaves, si es que es “algo”. Solo tenemos la opción de pensarlo de mil y una manera posibles, incluso de que todas sean “reales”. Y esto vale no solo para la física, sino paro todo.

¿Existían las ondas gravitacionales antes de 1900? Ningún humano había jamás pensado en ellas. En su conciencia ni había ni dejaba de haber lugar para ellas ¿Qué es por lo tanto “existir”?

Un abrazo y lo nuestro, “siempre apretando los puños”. Cuídate. Santiago.

Inteligencia artificial. Creando futuro

Etiquetas

, , ,

Por Santiago Fernández Nistal

I think this [artificial intelligence] probably gonna’ be the biggest challenge that humanity has ever faced. We’re building these things, there’s nothing inevitable about any of it. We should think it through very carefully and design systems that actually reflect the kind of future that we want.

Steve Omohundro

El factor diferencial del proceso cognitivo humano no es su capacidad de observación y análisis de la naturaleza, es decir, de lo que nos es dado. En este terreno solo nos diferenciamos cuantitativamente de otros muchos mamíferos. En invierno, por ejemplo, mis gatos saben sacar agua para beber de la piscina cubierta a base de dar saltos en el centro de la lona. Si solo observáramos y analizáramos la naturaleza, nos bastaría el mismo modo de proceso cognitivo que a mis gatos, si bien con más gigas de disco duro y más megaherzios de velocidad de procesamiento. El factor diferencial que hace nuestra especialización cognitiva es la capacidad de ver lo que aún no existe como si ya lo hubiésemos realizado, es decir, la capacidad de imaginar y de creer en nuestros sueños. Gracias a ella imaginamos un día palabras para intercambiar pensamientos, y creamos la lengua. Gracias a ella imaginamos un día que nuestros alimentos podían ser cultivados en lugar de recolectarlos aquí y allá, y creamos la agricultura. Gracias a ella imaginamos un día la sociedad estructurada de arriba abajo, y creamos la religión, con los dioses en la cumbre del poder. Gracias a ella imaginamos un día la misma sociedad, pero estructurada de abajo arriba, y creamos la democracia. Gracias a ella nos imaginamos un alma, y creamos la inmortalidad. Gracias a ella imaginamos armonías nunca antes escuchadas, y creamos la música. Gracias a ella nos imaginamos volando por las estrellas o navegando bajo las aguas. Gracias a ella nos imaginamos con derechos y con obligaciones. Gracias a ella nos imaginamos habitando en catedrales de cristal y de acero que desafían el cielo o colonizando exoplanetas inhabitables…

Y ahora, en el siglo XXI, empezamos a imaginamos una sociedad en la que la inteligencia artificial nos permitirá prescindir del trabajo humano para atender la mayor parte de nuestras necesidades y deseos. Sin embargo, algunos ya dicen: ¡qué peligro! Pero empezar ahora viendo las aporías y contradicciones de este imaginario de aquí a no se sabe cuanto tiempo es como si los creadores de la religión hubiesen desistido porque iba a desarrollar en un lejano futuro sistemas políticos aberrantes; como si los soñadores de parentescos, de ciudades, de fiestas, de la inmortalidad… hubiesen desistido porque bla, bla, bla… ¡El mejor Halloween del mundo puede siempre terminar en la pesadilla de una morgue!

Todos los sueños humanos acaban conduciendo a aporías y contradicciones. Por ello deben ser continuamente regenerados. Pero no es ahora el momento de poner vendas en los ojos de la imaginación. ¿Qué somos los humanos sino el resultado de nuestros sueños? A esto lo llamamos fe, fe fecunda y creadora.

Queridos Reyes Magos

Etiquetas

,

Sevilla, 29 de diciembre de 2015

Queridos Reyes Magos:

Soy Patricia Luengo. Vivo en Sevilla desde hace treinta años. Ya soy un poco mayorcita, pero os sigo queriendo mucho. Más, incluso, que cuando era niña. Este año he sido buena con todos, pero ellos no han sido buenos conmigo. A uno de mis hijos lo han despedido de Abengoa y, con dos niños que tiene, la ayuda que le dan no le llega a fin de mes. Por las tardes mis nietos vienen a mi casa a merendar y se me abren las carnes de verles con qué hambre llegan. Yo ya no puedo estirar más mi pobre pensión con lo del copago y lo caro que me salen las ayudas ortopédicas. He solicitado una ayuda, pero dicen que no tienen dinero. A pesar de todo, me quito el pan de la boca para darles algo de comer.

Queridos Reyes Magos, yo sé que vosotros sabéis muy bien lo que hay que hacer. Os pido que cuando lleguéis y traigáis el Reino, le quitéis el dinero a los ricos y nos lo deis a los pobres. Y cuando se acabe el dinero de los ricos, vosotros nos daréis siempre más, que para eso sois Reyes y Magos, como el Draghi ese. Y todos los pobres comeremos en vuestra mesa hasta saciarnos y nadie tendrá nunca más hambre. También os pido -ya sé que es mucho pedir- que miréis para que mis hijos tengan un buen trabajo, no de esos que le sacan a una la sangre. También os pido, Reyes Magos, que nos deis medicinas y transporte y escuelas y vivienda y luz gratis. Yo sé que no sois como esos reyes malos que nos quitan y nos quitan.

Os querré por siempre , mis adorados Reyes Magos.

Vuestra, Patricia Luengo.

Hoy presento mi libro Mitos de Unamuno

Santiago Fernández Nistal. Mitos de Unamuno. Edición Amazon Kindle 2017

Venta en Amazon. Versión Kindle, precio 0,99 €. Pinche para ir a la página de compra:

Abstract

La filosofía de Unamuno impacta en el lector como un discurso fundado, no tanto en conceptos, sino en imágenes, a las que el autor considera como el motor del conocimiento y de las grandes creaciones humanas. Mi objetivo es mostrar cómo Unamuno desarrolla este proceso de conocimiento y creación en sus mitos más relevantes y analizar, en la conclusión, la legitimidad del discurso filosófico fundado en imágenes.

En la primera parte del libro, repaso las experiencias sobre las que Unamuno construye su imaginario filosófico y religioso. En primer lugar, una experiencia radical de la muerte como aniquilación total de la conciencia, a la que llega tras renunciar a su ingenua fe infantil en el infierno. En segundo lugar, la experiencia de las posibilidades y de los límites de la razón. Y en tercer lugar, la obsesión por la inmortalidad.

En la segunda parte, muestro cómo Unamuno, basándose en estas experiencias, construye su mundo mítico personal. Tres son los mitos que presento. En primer lugar, el destierro de su paraíso infantil, Bilbao, una historia de color darwiniano. En segundo lugar, la conciencia universal, un ensueño sobre el destino final de la historia humana. Y en tercer lugar, el mito de la lanzadera, un mito con resabios de eterno retorno, en el que el autor vuelve al paraíso perdido de la infancia. No se trata de mitos anecdóticos dentro de su filosofía, sino de la columna vertebral de todo su discurso.

Sin embargo, el objetivo último de este ensayo no es tanto presentar unos mitos cuyo eco histórico fue nulo, sino mostrar cómo Unamuno hace de la imaginación y del imaginario su método filosófico. Por ello, en la conclusión, reivindico el valor de la imaginación – y con ello el del método unamuniano- como punta de lanza del pensamiento.

*******

La philosophie d’Unamuno choque le lecteur comme un discours fondé non sur des concepts, mais sur des images, que l’auteur considère comme le moteur de l’histoire humaine. Mon but est de montrer le processus de la pensée d’Unamuno dans certains de ses mythes les plus importants et d’analyser, dans la conclusion, la légitimité du discours philosophique basé sur des images.

Dans la première partie du livre, je passe en revue les expériences sur lesquelles Unamuno construit son imagerie philosophique et religieuse. D’abord, une expérience radicale de la mort comme l’anéantissement totale de la conscience, à laquelle il arrive après avoir renoncé à sa croyance d’enfant en l’enfer. Deuxièmement, l’ expérience des possibilités et des limites de la raison. Et troisièmement, l’obsession de l’immortalité .

Dans la deuxième partie du livre, je montre comment Unamuno, sur la base de ces expériences, construit son monde mythique personnelle. Ce sont trois les mythes que je présente. Premièrement, l’exil de son paradis de enfance, Bilbao, une histoire aux couleurs darwiniennes. Deuxièmement, la conscience universelle, une rêverie sur la destination finale de l’histoire humaine. Et troisièmement, le mythe de la navette, un mythe avec l’arrière-goût de l’éternel retour où l’auteur regagne de nouveau l’enfance perdue. Ce ne sont pas des mythes anecdotiques dans sa philosophie, mais l’épine dorsale de l’ensemble de son discours.

Cependant, le but ultime de cet essai n’est pas tant de présenter certains mythes dont l’écho historique a été nul, mais de montrer comment Unamuno fait de l’imagination et de l’imaginaire sa méthode philosophique. C’est par là que, dans la conclusion, je reclame la valeur de l’imagination – et donc de la méthode d’Unamuno- en tant que fer de lance de la pensée.

*******

The philosophy of Unamuno impacts on the reader as a discourse founded not on concepts, but in images. The author considers the images as the engine of human thought. My goal is to show this process in creating some of his most important myths and I analyse, in the conclusion, the legitimacy of philosophical discourse based on images.

In the first part of the book I review the experiences on which Unamuno builds his philosophical and religious imagery. First, a radical experience of death as total annihilation of consciousness, on which he comes arrives at after giving up his naive childlike faith in Hell. Secondly, I review his experience of the possibilities and the limits of reason and finally, his obsession with immortality.

In the second part of my book I show how Unamuno, based on these experiences, builds his personal mythical world. There are three myths that I present: in the first place, the exile of his childhood paradise, Bilbao, a story in the Darwinian colours, secondly, I examine the universal consciousness, a reverie about the final destination of human history, and thirdly, I engage a review of the myth of the shuttle – a myth with the aftertaste of the eternal return-, where the author regains his lost childhood. These are not anecdotal myths within his philosophy, but the backbone of his entire discourse.

However, the ultimate goal of my essay is not so much to present some myths whose historical impact was void, but to show how Unamuno’s philosophical method is built on imagination and imaginary. Therefore, my conclusion is a claim for the value of the imagination –i.e. Unamuno’s method– as the spearhead of his thought and anybody’s thinking.

Amores profanos

Etiquetas

, ,

Por Santiago Fernández Nistal

Te quiero a ti, tus andares, tus perfumes y tus miserias. Si mañana te convirtieras en loba, me desnudaría en la nieve para seguir tu rastro.
Te quiero a ti, tu mirada, tus caprichos y tus enfados. Si mañana renegara de ti, sé que vendrías espiando mis huesos para recogerlos y amarlos.

Más fuerte que el diamante, más noble que el oro, más digno que el bien, más venerable que Dios. Es tu amor.

He cambiado de bando, de ideas, de religión… pero tú has seguido a mi lado.
He perdido la camisa, la honra, el dinero y los amigos… pero tú has seguido a mi lado.
He sido indigno de ti… pero tú has seguido a mi lado.

Me quiero en ti, porque eres carne de mi yo, porque cuando me miras veo nuestros yos fundidos en el silencio infinito de tus ojos.

Por eso no entiendo las alharacas del amor fácil. Por eso no entiendo las fanfarronadas del amor de los amigos de farra y juerga. Por eso no entiendo el amor interesado de los correligionarios de partido, ideología o religión. Son amores todos que se desvanecen en la nada cuando no hay cachondeo, ni farra, ni juerga, ni partido, ni ideología, ni religión. Solo son los fuegos artificiales del amor. Amar al pobre por amor a Dios es anunciar el desprecio del día en que se deje de amar a Dios. El amor de Dios al hombre es amor condicionado al sometimiento a su voluntad. Y el amor al pobre por solidaridad implica ignorarlo cuando está más allá de la frontera de mi solidaridad. Amores que profanan el dulce nombre del amor.

El amargo sabor del mal

Etiquetas

, ,

Por Santiago Fernández Nistal

Empezaré por el tráfico de vehículos. Ejemplo que utilizaré luego como símil para transponerlo al análisis de la corrupción en la vida pública.

¿Por qué las infracciones y accidentes de la carretera representan una mínima parte del tráfico? Espero no alejarme mucho del sentimiento generalizado al afirmar que hemos construido un sistema de tráfico tan eficaz porque todos tenemos miedo de que un loco del volante nos pase por encima. Este miedo es la fuente de donde ha manado la voluntad política inquebrantable de exigir una regulación precisa, según la cual las opciones en la carretera están muy claras, las prohibiciones también y las conductas marginales son castigadas con prontitud.

Si la circulación de vehículos es bastante eficaz y segura no lo es porque la mayoría seamos buenas personas. Si no fuera por la regulación y los controles que garantizan la seguridad, todos circularíamos a nuestro capricho pensando en el interés propio e ignorando las consecuencias de ello sobre la seguridad de los demás. Llamaré a tales condiciones “estructuras del mal” porque nos llevaría a un número ingente de accidentes graves. Lo que me conduce a pensar que si hemos adoptado “estructuras del bien” no es porque seamos buenas personas -todos somos egoístas por naturaleza-, sino porque nuestro egoísmo nos ha llevado colectivamente al miedo a los demás y, consecuentemente, a exigirnos mutuamente lo que no seríamos capaces de exigirnos a nosotros mismos.

He presentado el sistema de circulación de vehículos para hacer de él un símil transparente de los sistemas de convivencia política. En efecto, estos solo funcionan bien bajo las mismas coordenadas.

Primero: es preciso reconocer que, por naturaleza, todos somos egoístas. El mal es la herencia por defecto del género humano.

Segundo: solo si se reconoce el mal como herencia inevitable tendremos la fuerza de voluntad colectiva suficiente para ponerle coto.

Tercero: las estructuras del bien -leyes, inspección, justicia, impuestos, fuerza pública, educación, salud… que conducen a atajar el egoísmo individual y a promover la solidaridad pública- no son una gracia revelada por líderes salvapatrias, sino el resultado del miedo al egoísmo y de una férrea voluntad colectiva.

Cuarto: buscar la redención de la corrupción pública confiando en líderes supuestamente honestos es seguir ahondando en las causas de la corrupción y de las estructuras del mal. Búsqueda que solo se explica o desde la estupidez o desde la hipocresía. La confianza en un líder solo conduce a que este líder implemente estructuras del mal en beneficio de los suyos.

Quinto: un pueblo que tiene altas dosis de corrupción pública es porque se lo merece. La culpa primera no es de los corruptos, ya que no son ni más ni menos egoístas que cualquiera que toca pelo. La culpa primera y principal es de todos. Las altas dosis de corrupción pública son un síntoma seguro de la falta de voluntad colectiva para exigir políticamente las medidas que atajan las estructuras del mal.

Mi reflexión se resume en que no es mediante el liderazgo o la voluntad de unas pocas personas como se construye una sociedad honesta y solidaria, sino por la voluntad inquebrantable de un pueblo que ha degustado el amargo sabor del mal.

Somos lo que imaginamos: zapatos rojos sobre mármol blanco

Etiquetas

,

Por Santiago Fernández Nistal

Sala de espera de la consulta del dentista. El tiempo se hace infinito. Paredes grises. Sillones negros. Miro el piso. Mármol blanco veteado de gris. Casi confundido con las vetas, veo una pieza rota, con una raja. Es como todas las rajas: irregular, sin trayectoria definida, sin orden. A mi lado, una joven manipula su teléfono. Se descalza. Zapatos rojos sobre el mármol blanco veteado de gris. La imagen me impacta y la retengo largo tiempo en mi retina. Pero sus pies despiden un olor desagradable que rompe todo el placer estético. Como la raja en el mármol.

Trato de reflexionar sobre el placer inicial y sobre la dolorosa experiencia final. Me doy cuenta que la raja de la pieza de mármol introduce una violación de la armonía del suelo. Lo que el geólogo consideraría defectos del mármol, efectos del caos, nosotros lo vemos ordenado porque se repite rítmicamente: las vetas. El orden no está en el mármol, sino en nuestra mirada. Y orden “artificial” en el corte y unión de las piezas, hasta ahora invisible a mi conciencia. Solo la pieza rota me ha hecho ver el orden de los cortes y las uniones que se repiten rítmicamente. Pero la grieta, no. La grieta es el mal, la fealdad, lo que no tiene orden. Por eso el instinto de armonía nos dice tápala, arréglala o cámbiala. Daña la vista.

¿Y los zapatos rojos sobre el fondo blanco y gris? ¿No son un defecto en la armonía de colores blancos, negros y grises de la sala? ¿No son una violación del orden? Sí, pero son una violación ordenada del orden. No son fruto del azar, como la mancha de grasa de chorizo sobre una foto vieja. El color vivo de los zapatos no me pareció una mancha irregular, caótica, un defecto, sino un conjunto de líneas perfectas, pensadas -por lo menos, por mí en ese momento – con una intencionalidad estética. El blanco y gris dejó por un instante de ser el código convencional de la decoración de la sala de espera, para convertirse en un fondo neutro sobre el que brillaba el color explosivo de la vitalidad y el erotismo de los zapatos rojos. Blanco, gris y rojo formaban ahora un nuevo universo único, armonioso, ordenado.

Hasta que percibí el desagradable olor a sudor de pies. Y trate de explicarme el sentimiento de desagrado. Me di cuenta que los olores de las secreciones corporales solo dañan nuestra sensibilidad cuando el otro no pertenece a nuestro círculo familiar más íntimo. En los pasillos de casa, el olor del abuelo que ha estado toda la mañana trabajando en la huerta despierta risas, o el pedo de la niña pija provoca bromas sin cuento en toda la familia. Al igual que los olores del acto sexual, todos estos olores íntimos tienen el sex-appeal de la selva y su encanto. Son la salsa natural de esa realidad salvaje que es la intimidad familiar. Pero en la oficina o en la sala de cine o en el supermercado o con los amigos pocas bromas con el olor corporal. En público, el olor ha de ser estandarizado, racional, calculado. No toleramos los “malos” olores, esos olores con huella individualizada e inconfundible que nos servirían en estado natural para marcar el territorio. Por eso anatematizamos el olor corporal. Porque es un ataque a la socialización, porque es una afirmación chulesca y animal de individualismo y porque implica el enorme riesgo de convivir con el azar. Con los de fuera, el olor de la selva hay que tenerlo a raya, cual césped de jardín versallesco, o uno es condenado a la exclusión social. Y si la hierba quiere desbordarse, se le aplica un herbicida, Chanel nº 5. Y punto. Porque los olores públicos del cuerpo han de ser nulos. O han de ser estandarizados, arbitrariamente consensuados, previsibles, de diseño perfecto, armoniosos, ordenados.

Ejemplos similares son infinitos. Árboles y césped son agradables y serenan el ánimo, pero un “bosque” en la ciudad con el verde desbordando de alcorques, terrazas y parterres es una violación del orden. El prado en que pastan las vacas y los caballos solo es agradable si huele a prado, es decir, a hierba recién cortada y a estiércol. Allí serena el alma ver el ritmo campesino de la vida. Pero una caca en la ciudad es una violación del orden. Solo es mierda. Asqueroso. Y la moda. Y las ciudades. Y el horario laboral. Y las lindes de las huertas. Y los derechos y deberes sociales. Y las constituciones políticas… Todo estandarizado, previsible, ordenado. Pero, a veces, con sus grietas y sus malos olores.

Son algunos ejemplos de cómo lo humano nace desde el sentimiento estético. Un sentimiento capaz de imaginar mundos nuevos y crearlos. Un sentimiento que, al crear un espacio y un tiempo humanos, dibuja una frontera muy clara entre el mundo salvaje y el nuestro. No nos gusta el tótum revolútum. Cada cosa en su sitio. El olor corporal en la oficina es como la raja en el suelo de mármol, como la hierba salvaje en un jardín, como la caca en la acera, como la mancha de chorizo en una foto vieja. Representan una amenaza, una invasión de lo azaroso, lo arriesgado, de la lucha salvaje. Son una violación del orden humano, calculado, racional, previsible, estandarizado. Nos gusta el mundo salvaje, pero fuera de nuestra frontera humana.

¿Y el campo? El campo es un mundo calculado y previsible. Es el resultado de la imaginación creadora. Lo que denominamos campo no es la naturaleza salvaje, sino el primer jardín versallesco diseñado por el hombre en el Neolítico. Aquí olivos en fila, allí naranjos. Unos surcos de lechuga y otros de ajos. Más allá un campo de trigo y otro de alfalfa, y en lo alto el prado cercado con sus vacas. Pero la maleza se extermina a rajatabla. El mundo salvaje, aquel en que todo es imprevisible, azaroso, lo queremos más allá del campo. Más allá del campo y de la ciudad. Más allá del hombre.

Nos gusta asomarnos al mundo salvaje, pero encapsulados en perfumes antimosquitos y con un antihistamínico en la mochila. Ese mundo nos gusta, siempre que esté separado de nosotros, aislado por una frontera nítida. Nos gusta como tela de fondo que nos recuerda nuestro origen, el paraíso del que salimos huyendo. Y al que es imposible regresar, so pena de ser devorados por el lobo. Nos gusta, porque sobre él nos hemos construido. Pero ya no nos reconocemos en él. Para bien o para mal. Nuestro mundo es el que hemos construido con nuestras manos. O con nuestra imaginación. Como Chanel nº5.